ONG Somos Uno, contra la prostitución infantil en Asia

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Hace diez años

Hace diez años, yo era un escritor relativamente conocido. Durante quince años me había dedicado al ejercicio de la abogacía, había llegado a ocupar puestos de algún relieve en el mundo de la empresa, pero llevaba treinta años dedicado exclusivamente al mundo de la literatura. Uno de mis libros habría de cambiarme la vida, una novela infantil, Cucho, con el que había obtenido, entre otros, el Premio Barco de Vapor.

Andaba yo en 2001 con mi vida tranquila, colaborando en revistas, dando conferencias y ocupándome de mi familia (tengo nueve hijos, veintiún nietos y un biznieto), cuando recibí una carta de Rasami Krisanamis, profesora de español de la Universidad de Chulalonghorn, en Bangkok (Tailandia): me pedía permiso para traducir Cucho al tailandés, y me decía que no podía pagarme derechos de autor ya que lo dedicaría a actividades sin ánimo de lucro. Le cedí los derechos, pero he de reconocer que no por generosidad, sino por pereza: si ya me costaba cobrar derechos en Francia, que está a la vuelta de la esquina, ¡cómo cobrarlos en un país que estaba prácticamente en las antípodas!

A los pocos meses, recibí un ejemplar de Cucho traducido al tailandés, acompañado de unas fotos en las que aparecía una modesta escuela y un huerto, con la explicación de que habían sido construidos gracias a los derechos de autor del libro. A partir de ese momento, le fui cediendo derechos de autor de otros libros, y Rasami me fue dando cuenta puntual de lo que hacía con ellos: desde construir pequeñas edificaciones para profesores, estanques de riego, incluso un modesto pantano para atender las necesidades de una escuela, o una fábrica para el cultivo de una especie de hongos muy estimados en Tailandia, o la compra de bicicletas para que las niñas rurales puedan asistir a las escuelas distantes de su domicilio.

Hará nueve años, Rasami, como es costumbre en los hispanistas extranjeros, hizo un viaje a España para reverdecer el idioma. Nos encontramos, y me propuso que me desplazara a Tailandia para dar una conferencia a los hispanistas tailandeses. Me resistí pero fue inútil, ya que Rasami es una fuerza desatada de la naturaleza; budista, perteneciente a un movimiento muy estricto, el Santi Asoke, está empeñada en hacer el bien a todo trance. Así que me organizó el viaje, y me fui a Tailandia en compañía de Marisa, mi mujer, donde además de impartir aquellas conferencias, pude conocer a la persona que más influiría en mi futuro y en el de mi familia: el padre Alfonso de Juan, con el que Rasami colabora estrechamente porque, dice, para hacer el bien no hace falta pertenecer a la misma religión.

El padre Alfonso, misionero jesuita, lleva más de cuarenta años viviendo en Tailandia, donde trabajó en campos con más de 400.000 refugiados camboyanos, o con los boat people de Vietnam. Cuando le conozco, está luchando contra el drama de la prostitución infantil.
Según las estadísticas, sólo en Bangkok se cuentan 50.000 prostitutas menores de edad. Niñas que, cuando son vendidas a los prostíbulos de Bangkok o Pattaya, se sienten perdidas ya que, por regla general, procedentes de las zonas pobres del país, o de la frontera con Camboya, ni tan siquiera conocen el idioma tailandés. Niñas que han llegado a quemar el prostíbulo en el que estaban confinadas, arriesgando su vida, con tal de que ardiesen, también, sus explotadores. Niñas que acaban con un concepto muy bajo de sí mismas. Niñas que acaban con sida. Niñas víctimas del gran drama de la humanidad: la pobreza.

En Tailandia se ha creado una industria del sexo –así la denominan- con agentes que recorren los pueblos pobres comprando niñas para trabajar en esa industria. Son niñas que pertenecen, por regla general, a familias desestructuradas, con frecuencia hijas de madres que han muerto del sida, que dependen de una abuela anciana que se deja engañar por los agentes de la industria del sexo. El padre Alfonso entendió que la solución estaba en conseguir retenerlas en sus casas, y creó un programa de becas para proporcionarles una educación útil, que les sirva para aprender una profesión, o un oficio, además del idioma tailandés.

En aquel primer viaje a Tailandia, hubo un momento clave: el padre Alfonso me expresaba su satisfacción  porque acababa de obtener de una azafata de Iberia un donativo para becar a una niña. No pude por menos de mostrarme escéptico: ¿qué significaba eso ante un drama tan generalizado?  La respuesta de padre Alfonso fue terminante: “Por lo menos, una”. Y esa frase se convirtió en la clave de la posterior actuación de mi familia.

Ya de regreso, con ocasión de una conferencia en Bilbao y de la posterior charla con los organizadores del acto, que querían tener conmigo un gesto de agradecimiento, surgió la oportunidad de hablar del drama de la prostitución infantil en Tailandia y del trabajo del padre Alfonso. No era ni mucho menos nuestra intención, pero al final del evento habíamos recaudado 3.000 euros. Animado, escribí un artículo sobre las becas del padre Alfonso en una revista femenina en la que colaboraba habitualmente, y los fondos empezaron a llegar. Seguimos apareciendo en medios… estábamos en un punto de no retorno, así que constituí una ONG destinada a la recaudación de fondos para el programa de becas del padre Alfonso. Así nació Somos

Uno, una organización sin ánimo de lucro y que podríamos llamar de gestión familiar.
No sólo mis hijos, sino que también mis nietos, incluso los más pequeños, la consideran como algo propio y colaboran en las más diversas tareas, desde la organización de mercadillos solidarios, el contacto con los medios de comunicación, la difusión de nuestras actividades en sus círculos, la gestión de la página web, la elaboración de los folletos de información… el coste de todas estas actividades así como los gastos de gestión son financiados a título personal por la familia, de forma que el dinero recaudado mediante los donativos de nuestros generosos colaboradores --cerca de un millón de euros hasta la fecha-- se destina íntegramente a Tailandia.

Hasta hoy, el programa del padre Alfonso de Juan ha becado a cerca de un millar de niñas, de las cuales cien están ya en la Universidad o en camino de entrar. El que una niña de los arrozales de Camboya, o de Tailandia, lo más ínfimo de la sociedad tailandesa, carne de prostíbulo, entre en la Universidad es, como dice padre Alfonso, cambiar el mundo, aunque sea poco a poco.

José Luis Olaizola
Presidente de Somos Uno
Madrid, mayo de 2011