ONG Somos Uno, contra la prostitución infantil en Asia

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Dos cartas entre mil

Raro es el día que no me comunico por el correo electrónico, bien con padre Alfonso, o con alguno de los colaboradores tailandeses, que hacen posible Somos Uno. En los diez años que llevamos con esta aventura, serán miles los correos que nos cruzamos, a mi juicio todos muy positivos y alentadores. A modo de muestra voy a referirme a los dos últimos.

El 7 de junio pasado me cuenta padre Alfonso: “Ayer me llamó por el móvil una chica de 18 años, desde una universidad en la que acaba de comenzar sus estudios de enfermería. Me acordé que hace cuatro años la visitamos en un pueblo cerca de Camboya, y le dimos una beca. Había llegado hasta cuarto de bachiller, pero ya no podía seguir estudiando. Tenía que ocuparse de cuidar de unas vacas. A los pocos días me escribió una carta en la que me daba las gracias por la beca que le permitía continuar sus estudios. Que ese día, cuando me marché se tuvo que ir a cuidar de las vacas, y que hacía un calor sofocante, pero que estaba tan contenta que estuvo todo el día sonriente, y que cuando se lo contó a su madre se echó a llorar. Eso sucedió hace cuatro años, y ahora está iniciando su carrera universitaria de enfermería”

El día 11 de junio me escribe Rasami Krisanamis, budista, excepcional colaboradora de padre Alfonso, traductora y editora de varios libros míos al tailandés, que los vende y lo que obtiene lo destina a actividades sin ánimo de lucro. Me cuenta que dio una conferencia en su pueblo, que está en el mar de la China, “y con la venta de algunos libros tuyos, he podido dar becas a tres niñas pobres. Se levantan todos los días a las 4,30 de la madrugada para ayudar  a sacar el líquido del árbol que produce el caucho, una hora trabajando en la plantación antes de ir al colegio. Una de ellas tenía el pelo negro brillante, hasta la cintura, y se lo tuvo que cortar para venderlo en la peluquería, y con el dinero –unos cien euros- se pudo comprar el uniforme  y otros materiales escolares para seguir sus estudios. Al saber que iba a obtener una beca para todo el bachillerato no se lo podía creer y se echó a llorar de la alegría. Es una niña muy guapa, que no tiene padres y vive con la abuela”.

Estas dos cartas demuestran lo que siempre decimos: que nuestras cientos de becarias no son niñas innominadas, sino que cada una tiene su personalidad y sus características, y que esos aspectos los cuidan esmeradamente el padre Alfonso y sus colaboradores.