ONG Somos Uno, contra la prostitución infantil en Asia

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CÓMO COMENZÓ TODO

Padre Alfonso, en una de las pocas entrevistas que concede, cuenta cómo comenzó todo.

Visitó ocasionalmente un pueblo del norte de Tailandia, en el que se había cebado especialmente la industria del sexo. Y se quedó asombrado: solo una niña de doce años quedaba en el poblado. El resto habían sido vendidas a los prostíbulos de Bangkok o Patayya.

Decidió ayudar a la superviviente que se había quedado por no abandonar a su anciana abuela. “Le proporcioné un trabajo en Cheibal, donde adquirió conocimientos de costura. Después de esa primera fui ayudando progresivamente hasta cincuenta”.

A partir de esa experiencia tomó conciencia de la dimensión del problema: ¿por qué miles de niñas entre 12 y 16 años acaban en casas en las que venden su cuerpo? Y llegó a la conclusión de que, aparte de la pobreza, la principal causa era la destrucción familiar. Agentes de la industria del sexo ofrecen a las niñas ir a la ciudad a trabajar en un bar, y la realidad es que acaban en la prostitución. Las niñas aceptan con el fin de ayudar a mantener a la familia, y los familiares fingen no saber lo que está pasando. Eso cuando no reciben un dinero de los agentes para que les dejan llevarse a las niñas.

Concluye padre Alfonso: “Mi promesa a esas niñas en grave riesgo es ayudarlas a estudiar el bachillerato y, si puedo, conseguir que entren en la Universidad. La experiencia ha sido muy positiva. Ninguna de nuestras niñas ha dejado la Universidad, y yo siempre les digo que continúen yendo aunque no tengan que comer, que ya me encargaré yo de ayudarlas”.

Con este laconismo cuenta padre Alfonso el milagro de que, con los años, miles de niñas han sido escolarizadas, y doscientas de ellas cursan estudios en la Universidad.